Odaia va al Gan
Una aventura por las calles del barrio
Una aventura por las calles del barrio
Odaia abrió los ojos de a poquito. La luz de la mañana entraba por la ventana y le hacía cosquillas en la cara.
Se estiró en la cama, bostezó bien grande y se quedó un ratito mirando el techo. Hoy iba a ser un día especial, lo podía sentir.
Se levantó de un salto, lista para empezar la aventura.
Papi ya estaba listo esperándola. Le acomodó la mochila, le dio un beso en la frente y salieron juntos de casa.
De la mano, caminaron por la vereda rumbo al Gan. Odaia le contaba todo lo que iba a hacer hoy y Papi la escuchaba con una sonrisa.
El camino al Gan era cortito, pero a ella le gustaba porque era un ratito solo con Papi.
Lo primero fue subirse al colectivo. Odaia se sentó junto a la ventanilla y apoyó la cara contra el vidrio.
Desde ahí arriba todo se veía diferente: las casas más chiquitas, la gente más apurada, los autos como juguetes.
El colectivo avanzaba despacito y ella miraba todo con los ojos bien abiertos, sin perderse nada.
Odaia se bajó del colectivo y empezó a caminar. El sol ya estaba alto y el aire olía a pan recién hecho.
Le gustaba caminar por la vereda, mirar las hojas en el suelo y escuchar los ruidos del barrio que se despertaba de a poco.
Hoy, sin embargo, algo era distinto. Tenía la sensación de que una aventura la estaba esperando a la vuelta de la esquina.
Odaia llevaba su mochila puesta, bien ajustada a la espalda. Adentro guardaba todo lo necesario para un día de exploración.
Una galletita para el camino, su juguete favorito y un par de medias extra, por las dudas.
Caminaba con paso decidido, como quien sabe exactamente a dónde va, aunque en realidad solo seguía su curiosidad.
Al doblar la esquina, Odaia encontró la plaza llena de chicos. Había risas, gritos y el ruido de las hamacas yendo y viniendo.
Se acercó despacito, un poco tímida al principio. Pero enseguida alguien la invitó a jugar y ya no paró más.
Corrieron, saltaron y se tiraron por el tobogán hasta que les dolía la panza de tanto reírse.
Después de jugar en la plaza, Odaia encontró su cochecito de juguete esperándola. Lo agarró con las dos manos y empezó a empujarlo por la vereda.
Iba despacio, con cuidado, como si adentro del cochecito viajara alguien muy importante.
Los vecinos la saludaban al pasar y ella les respondía con una sonrisa enorme, sin soltar el cochecito ni por un segundo.
Después de un día lleno de aventuras, Odaia y Papi se sentaron a comer juntos.
La comida estaba riquísima. Odaia comía con ganas mientras le contaba a Papi todo lo que había hecho: el colectivo, la calle, los amigos de la plaza, el cochecito.
Papi la escuchaba y se reía. No había nada mejor que terminar el día así, juntos, con la panza llena y el corazón contento.
Gracias por leer